martes, 18 de abril de 2017

TALLER DE LECTURA CRITICA 8°

INSTITUCIÓN EDUCATIVA BENICIO AGUDELO
LECTURA CRÍTICA 8°

Lee el siguiente cuento y responde las preguntas 1 a 6.

MONÓLOGO ENTRE DOS
Esteban puso la maleta de lona empapada y le crujieron las articulaciones cuando se sentó en el suelo, junto a ella, esperando a que pasara el bus de las seis. Era tan temprano que sintió de inmediato las últimas gotas del rocío de la alborada en los fondillos del pantalón. “Y, encima, mojado”, pensó, con disgusto creciente.
Amanecía. A las seis y cuarto de la mañana el sol es más picante que en el resto del día, pero también más pálido, porque es un sol que está acabado de estrenar y no ha tenido tiempo de aprender a calentarse.
Al frente suyo, carretera de por medio, Esteban vio los pastizales de las haciendas ganaderas. Pero no pudo oír el mugido de las vacas ni los pasos del compadre Pereira, que se le acercaba por la espalda, soplando aire fresco sobre una taza de café humeante, y cuando por fin se percató de su presencia ya le estaba tendiendo la mano, para saludarlo, como hacía siempre el compadre Pereira, a pesar de sus años, con un apretón resuelto que infundía un sentimiento de fuerza reposada, carácter y respeto.
Al sentírselo encima, tan de repente, Esteban pensó que su mujer tenía razón: se estaba quedando sordo.
Ese era el único motivo verdadero de aquel viaje y de la cantaleta de su mujer para que se sometiera a los exámenes. El médico especialista, que había sido compañero de su hijo mayor en la escuela, lo aguardaba en el hospital universitario de Cartagena de Indias para medirle la audición y hacerle un diagnóstico. El médico sospechaba que el celebrado silencio del campo, que hasta podía escucharse revuelto con la brisa en las primeras noches de verano, y de cuyas virtudes terapéuticas se hacían lenguas los poetas que aconsejan huir del mundanal ruido, no era en realidad de buen provecho para los viejos, sino una desgracia, porque esa falta de alborotos es lo que va volviendo sorda a la gente.
En su juventud, cuando vadeaba acequias y pescaba tortugas con una lanza, corriendo como un potro sin riendas por las orillas del caño, Esteban era capaz de descifrar las canciones que la brisa entonaba en la arboleda. Pero esta mañana, en cambio, el oído no le alcanzó para escuchar el canto de los gallos. “Lo que vuelve sorda a la gente”, se dijo, perplejo, mientras se vestía a tientas, “no es el bullicio sino el silencio”.
Supuso, entonces, que por motivos similares hay más mudos en el campo que en las ciudades. El compadre Pereira, que en las cacerías de antaño con sólo pegar la oreja al suelo alardeaba de saber por qué trocha andaban los conejos, bebió un sorbo largo de café en el momento exacto en que el bus cochambroso, cargado de gallinas y plátanos, asomó la cara en un recodo del camino.
- ¿Para dónde va, compadre? – preguntó Pereira, al ver el equipaje en el suelo –. ¿Para Cartagena?
- No, compadre – dijo Esteban, levantando el maletín –. Voy para Cartagena.
- Ah, caramba – exclamó el otro –. Yo pensé que iba para Cartagena.
Le soltó la mano tras el apretón. El bus se detuvo junto a ellos, como un perro viejo, inclinando la cabeza.
“Mi compadre se está quedando sordo”, pensó, con asombro, cada uno de los dos.

Tomado de: Gossaín, Juan (2004). Puro cuento. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana. pp. 223-225.
1. En la historia, el protagonista se dispone a viajar a Cartagena con el propósito de

A. contrariar la cantaleta de su mujer.
B. atender un chequeo de audición.
C. saludar a un amigo de su hijo mayor.
D. huir del celebrado silencio del campo.

2. De la información que da el narrador sobre el pasado de los personajes principales de la historia, puede afirmarse que ellos

A. disfrutaban activamente de la naturaleza y del campo.
B. discutían siempre y no se llevaban muy bien.
C. sufrían desde muy jóvenes de una deficiencia auditiva.
D. viajaban juntos a Cartagena con frecuencia.

3. El texto se compone de

A.    Introducción: la espera en la carretera del bus de las 6.
Desarrollo: Esteban percibe, ante la llegada de Pereira, que la sospecha de su
mujer puede ser cierta.
Desenlace: el diálogo que permite comprobar que los dos personajes están sordos.

B.   Introducción: la espera en la carretera del bus de las 6 y el encuentro con Pereira.
Conflicto: narración de episodios del pasado de ambos personajes.
Cierre: el bus se detiene en la carretera.

C.   Nudo: opiniones del médico respecto al silencio del campo.
Inicio: encuentro de Estebancon el compadre Pereira.
Desenlace: apretón de manos de ambos amigos para despedirse.

D.   Inicio: la mujer de Esteban le dice que está quedándose sordo.
Conflicto: narración de episodios del pasado de ambos personajes.
Cierre: el diálogo que permite comprobar que los dos personajes están sordos.

4. En la expresión “…se dijo, perplejo, mientras se vestía a tientas…”, la palabra subrayada establece una relación de

A. causa consecuencia entre dos eventos.
B. oposición entre dos situaciones.
C. simultaneidad entre dos acciones.
D. contradicción entre dos hechos.

5. En el texto, se presenta una aparente contradicción que se expresa a través de:

A. “Revuelto con la brisa en las primeras noches de verano”.
B. “Lo que vuelve sorda a la gente…no es el bullicio sino el silencio”.
C. “se detuvo junto a ellos, como un perro viejo, inclinando la cabeza”.
D. “bebió un sorbo largo de café en el momento exacto en que el bus..., asomó”.

6. De los siguientes enunciados el que utiliza una forma de narrar similar a la que se presenta en el cuento Monólogo entre dos es:

A. En los días inmediatos seguí escribiendo con obstinación, aunque no recogiera ya las explicaciones del capitán.
B. Bueno ya, pidamos otros dos, pero no tan secos, capaz que nos curemos, mira que con esto de recortar diarios no he almorzado nada.
C. La vi caminar detrás de los candelabros. “Lo hubieras hecho pasar”, pregunté, sin dejar de comer. Entonces ella me respondió: “Era lo que iba a hacer”.
D. Cuando oyó la voz del viejo que lo llamaba, Alfonso abrió los ojos. Llevaba ya un rato despierto, esperando que él lo llamara.

martes, 4 de abril de 2017

Actividad de Lectura Crítica 8°

1. ¿Qué diferencias encuentras entre el cuento tradicional de Caperucita y el cuento que acabaste de leer?

2. ¿Por qué crees que el cuento de Caperucita ha sido modificado?

3. Realiza un comentario donde expreses tu punto de vista sobre el cuento de Triunfo Arciniegas?


LINK CAPERUCITA ROJA DE TRIUNFO ARCINIEGAS

Link cuento: caperucita roja de Triunfo Arciniegas

http://triunfo-arciniegas.blogspot.com.co/2015/02/triunfo-arciniegas-caperucita-roja.html
Caperucita Roja Por: Triunfo Arciniegas En: Caperucita roja y otras historias perversas. (1991). Ese día encontré en el bosque la flor más linda de mi vida. Yo, que siempre he sido de buenos sentimientos y terrible admirador de la belleza, no me creí digno de ella y busqué a alguien para ofrecérsela. Fui por aquí, fui por allá, hasta que tropecé con la niña que le decían Caperucita Roja. La conocía pero nunca había tenido la ocasión de acercarme. La había visto pasar hacia la escuela con sus compañeros desde finales de abril. Tan locos, tan traviesos, siempre en una nube de polvo, nunca se detuvieron a conversar conmigo, ni siquiera me hicieron un adiós con la mano. Qué niña más graciosa. Se dejaba caer las medias a los tobillos y una mariposa ataba su cola de caballo. Me quedaba oyendo su risa entre los árboles. Le escribí una carta y la encontré sin abrir días después, cubierta de polvo, en el mismo árbol y atravesada por el mismo alfiler. Una vez vi que le tiraba la cola a un perro para divertirse. En otra ocasión apedreaba los murciélagos del campanario. La última vez llevaba de la oreja un conejo gris que nadie volvió a ver. Detuve la bicicleta y desmonté. La saludé con respeto y alegría. Ella hizo con el chicle un globo tan grande como el mundo, lo estalló con la uña y se lo comió todo. Me rasqué detrás de la oreja, pateé una piedrecita, respiré profundo, siempre con la flor escondida. Caperucita me miró de arriba abajo y respondió a mi saludo sin dejar de masticar. —¿Qué se te ofrece? ¿Eres el lobo feroz? Me quedé mudo. Sí era el lobo pero no feroz. Y sólo pretendía regalarle una flor recién cortada. Se la mostré de súbito, como por arte de magia. No esperaba que me aplaudiera como a los magos que sacan conejos del sombrero, pero tampoco ese gesto de fastidio. Titubeando, le dije: —Quiero regalarte una flor, niña linda. —¿Esa flor? No veo por qué. —Está llena de belleza —dije, lleno de emoción. —No veo la belleza —dijo Caperucita—. Es una flor como cualquier otra. Sacó el chicle y lo estiró. Luego lo volvió una pelotita y lo regresó a la boca. Se fue sin despedirse. Me sentí herido, profundamente herido por su desprecio. Tanto, que se me soltaron las lágrimas. Subí a la bicicleta y le di alcance. —Mira mi reguero de lágrimas. —¿Te caíste? —dijo—. Corre a un hospital. —No me caí. —Así parece porque no te veo las heridas. —Las heridas están en mi corazón —dije. —Eres un imbécil. Escupió el chicle con la violencia de una bala. Volvió a alejarse sin despedirse. Sentí que el polvo era mi pecho, traspasado por la bala de chicle, y el río de la sangre se estiraba hasta alcanzar una niña que ya no se veía por ninguna parte. No tuve valor para subir a la bicicleta. Me quedé toda la tarde sentado en la pena. Sin darme cuenta, uno tras otro, le arranqué los pétalos a la flor. Me arrimé al campanario abandonado pero no encontré consuelo entre los murciélagos, que se alejaron al anochecer. Atrapé una pulga en mi barriga, la destripé con rabia y esparcí al viento los pedazos. Empujando la bicicleta, con el peso del desprecio en los huesos y el corazón más desmigajado que una hoja seca pisoteada por cien caballos, fui hasta el pueblo y me tomé unas cervezas. “Bonito disfraz”, me dijeron unos borrachos, y quisieron probárselo. Esa noche había fuegos artificiales. Todos estaban de fiesta. Vi a Caperucita con sus padres debajo del samán del parque. Se comía un inmenso helado de chocolate y era descaradamente feliz. Me alejé como alma que lleva el diablo. Volví a ver a Caperucita unos días después en el camino del bosque. —¿Vas a la escuela? —le pregunté, y en seguida me di cuenta de que nadie asiste a clases con sandalias plateadas, blusa ombliguera y faldita de juguete. —Estoy de vacaciones —dijo—. ¿O te parece que éste es el uniforme? El viento vino de lejos y se anidó en su ombligo. —¿Y qué llevas en el canasto? —Un rico pastel para mi abuelita. ¿Quieres probar? Casi me desmayo de la emoción. Caperucita me ofrecía su pastel. ¿Qué debía hacer? ¿Aceptar o decirle que acababa de almorzar? Si aceptaba pasaría por ansioso y maleducado: era un pastel para la abuela. Pero si rechazaba la invitación, heriría a Caperucita y jamás volvería a dirigirme la palabra. Me parecía tan amable, tan bella. Dije que sí. —Corta un pedazo. Me prestó su navaja y con gran cuidado aparté una tajada. La comí con delicadeza, con educación. Quería hacerle ver que tenía maneras refinadas, que no era un lobo cualquiera. El pastel no estaba muy sabroso, pero no se lo dije para no ofenderla. Tan pronto terminé sentí algo raro en el estómago, como una punzada que subía y se transformaba en ardor en el corazón. —Es un experimento —dijo Caperucita—. Lo llevaba para probarlo con mi abuelita pero tú apareciste primero. Avísame si te mueres. Y me dejó tirado en el camino, quejándome. Así era ella, Caperucita Roja, tan bella y tan perversa. Casi no le perdono su travesura. Demoré mucho para perdonarla: tres días. Volví al camino del bosque y juro que se alegró de verme. —La receta funciona —dijo—. Voy a venderla. Y con toda generosidad me contó el secreto: polvo de huesos de murciélago y picos de golondrina. Y algunas hierbas cuyo nombre desconocía. Lo demás todo el mundo lo sabe: mantequilla, harina, huevos y azúcar en las debidas proporciones. Dijo también que la acompañara a casa de su abuelita porque necesitaba de mí un favor muy especial. Batí la cola todo el camino. El corazón me sonaba como una locomotora. Ante la extrañeza de Caperucita, expliqué que estaba en tratamiento para que me instalaran un silenciador. Corrimos. El sudor inundó su ombligo, redondito y profundo, la perfección del universo. Tan pronto llegamos a la casa y pulsó el timbre, me dijo: —Cómete a la abuela. Abrí tamaños ojos. —Vamos, hazlo ahora que tienes la oportunidad. No podía creerlo. Le pregunté por qué. —Es una abuela rica —explicó—. Y tengo afán de heredar. No tuve otra salida. Todo el mundo sabe eso. Pero quiero que se sepa que lo hice por amor. Caperucita dijo que fue por hambre. La policía se lo creyó y anda detrás de mí para abrirme la barriga, sacarme a la abuela, llenarme de piedras y arrojarme al río, y que nunca se vuelva a saber de mí. Quiero aclarar otros asuntos ahora que tengo su atención, señores. Caperucita dijo que me pusiera las ropas de su abuela y lo hice sin pensar. No veía muy bien con esos anteojos. La niña me llevó de la mano al bosque para jugar y allí se me escapó y empezó a pedir auxilio. Por eso me vieron vestido de abuela. No quería comerme a Caperucita, como ella gritaba. Tampoco me gusta vestirme de mujer, mis debilidades no llegan hasta allá. Siempre estoy vestido de lobo. Es su palabra contra la mía. ¿Y quién no le cree a Caperucita? Sólo soy el lobo de la historia. Aparte de la policía, señores, nadie quiere saber de mí. Ni siquiera Caperucita Roja. Ahora más que nunca soy el lobo del bosque, solitario y perdido, envenenado por la flor del desprecio. Nunca le conté a Caperucita la indigestión de una semana que me produjo su abuela. Nunca tendré otra oportunidad. Ahora es una niña muy rica, siempre va en moto o en auto, y es difícil alcanzarla en mi destartalada bicicleta. Es difícil, inútil y peligroso. El otro día dijo que si la seguía molestando haría conmigo un abrigo de piel de lobo y me enseñó el resplandor de la navaja. Me da miedo. La creo muy capaz de cumplir su promesa. -FIN-